Miércoles, 29 Noviembre 2023 15:28

"Milei aterriza en ATAV: tierra de amor y venganzas"

Volvé a escuchar el comentario editorial de Cristina Pérez en Cristina Sin Vueltas

El rabino que se reunió con Milei en su visita a una tumba sagrada para el judaísmo, se declaró persuadido de que en su triunfo electoral hay intervención divina. Simon Jacobson lo elogió al punto de decir que con su liderazgo, “él podría cambiar el mundo”. De regreso de esa grandilocuencia mística, a Javier Milei le toca ser primero profeta en su tierra. Argentina, tierra de amor y venganza, como se llamaba esa serie de El Trece. Ese podría ser el título de lo que lo espera.

En las declaraciones de regreso al país, ya se nota cuál es la próxima guerra en ciernes: la guerra por los recursos. Tres palabras, sólo tres palabras, preanuncian hacía qué terreno derivará la negociación más dura con los gobernadores: “No hay plata”. Eso reiteró Milei cuando le preguntaron sobre la preocupación por el pago de aguinaldos. Y agregó algo también muy gráfico: “Emitir dinero es salir de caño”.

El presidente electo comparó a la emisión directamente con robar por el efecto que tiene en la pérdida de valor del dinero. La posición durísima de Milei fue o una enorme pared frente al reclamo de los gobernadores o simplemente el punto de negociación con los mismos a los que deberá pedirles apoyo para la aprobación de su paquete de leyes ómnibus para reformar el estado. Todo eso está por verse: si estamos ante los prolegómenos de una negociación a cara de perro o si la mano dura fiscal será irreversible. La intransigencia del presidente electo chocará muy pronto con su propia debilidad en el Congreso. Y ahí empieza la pulseada política.

Lo que sigue siendo increíble es que Sergio Massa haya hecho semejante desfalco usando recursos públicos para su campaña y que los mismos gobernadores que no dijeron nada en ese momento ahora se quejen con Javier Milei. Peronismo puro. Tan sintomático como el intento del gobernador Axel Kicillof de tomar deuda por 120 millones de dólares para pagar sueldos. Se la pasaron criticando a Macri por endeudarse cuando la deuda del gobierno de Alberto Fernandez fue superior, y ahora, cuando el que necesita tomar plata prestada es él, ese otrora sacrilegio deja de estar mal. Como diría el propio Axel: “se nota mucho”.

Pero atención, porque lo que preanuncian las palabras de Milei, indica que casi habrá no habrá luna de miel. Al confirmar a Luis Caputo como ministro de economía, también dijo que su misión es “desactivar la bomba que está dejando el gobierno”.

Más que un economista, Caputo debe actuar como un experto en explosivos. Ya no debe ser el Messi de las finanzas como lo llamó Macri alguna vez, sino Tom Cruise en una de Misión Imposible.

Milei espera que un ajuste fiscal de shock y el freno de la emisión repercutan en una baja de tasas más rápida para que el ajuste sea menos doloroso. Si no se hace esto no se evita una hiperinflación. No lo dice ningún analista agorero, lo dice el propio presidente.

El shock comenzó con palabras de shock. Un shock de palabras. Este es el sinceramiento sin anestesia que Argentina falló en hacer durante décadas llevando el gasto público a convertirse en casi la mitad del PBI. No sólo no hay antecedentes en la sinceridad brutal de llevar adelante un ajuste y de sus consecuencias, sino tampoco en que los argentinos hayan votado mayoritariamente la idea de pasar la motosierra. Esa es la gran palanca de Milei, su legitimidad para hacer lo que prometió, ni más ni menos.

¿Qué pasará cuando los dientes metálicos de la motosierra muerdan y duela? Milei afirma que desde el Ministerio de Capital Humano se trabajará para dar contención a los caídos.

La gran paradoja es que Milei es el triunfo del ajuste por los votos o de la caída de un relato. Durante años de hegemonía kirchnerista, la palabra ajuste era una palabra innombrable, una herejía. No servía en absoluto ni tratar de explicar que se trataba simplemente de no gastar más de lo que ingresa, como pasa en cualquier casa de familia. La contradicción era que a la par de esa cantinela, en nombre de la asistencia social, al ajuste más despiadado lo hacía la inflación, de la que se culpaba siempre a alguien más, mientras los gastos del estado crecían y crecían. El kirchnerismo, directamente los duplicó desde que llegó al poder, como duplicó la carga tributaria. Al punto de que todos vivimos para el estado en una economía frenada por cepos, cuya torta se achicó tanto que parece un alfajor, y en la que la gran mayoría de los argentinos son cada vez más pobres.

Para que la economía vuelva a funcionar, y por lo tanto vuelva a crecer, es imprescindible terminar con las distorsiones, con el gasto descontrolado y con la corrupción. El backstage de este desaguisado es un estado donde las cajas son rapiña de la política. “Cajas”, es otra palabra que el kirchnerismo puso de moda. Nunca fueron recursos públicos, siempre fueron cajas para ellos. A tal punto, que cuando la señora eligió a Alberto Fernandez para ser su presidente de utilería, puso en el 70% de la cajas del estado a sus muchachos de La Cámpora, ávidos gastadores, voraces sanguijuelas de plata pública, que en estos días de derrota andan llamativamente escondidos. La Cámpora se solía definir como una fuerza de ocupación del estado. Ellos sólos se decían Okupas, como llamaron alguna vez a su propio presidente. Otros prefirieron llamarlos, la Agencia de Colocaciones. ¿Alguien puede creer que todo ese dispendio no tuvo consecuencias?

Si en algo fue efectivo Javier Milei como divulgador, fue en desenmascarar el truco. En explicar cómo se producía la inflación, rompiendo el relato. Ese relato que, extorsión moral mediante, castigaba con látigo a los que se atrevieran a decir que la emisión no genera inflación, mientras la maquinita largaba humo de tanto imprimir billetes. Cuando uno recuerda que el vicepresidente Amado Boudou fue preso por corrupto al intentar quedarse con la máquina de hacer plata, encuentra la mejor metáfora de aquel plan. Toda esta pobreza para muchos fue un negocio.

Pero todo esto que hoy está tan vivo en la memoria se irá atenuando con el nuevo sacrificio y al presidente electo no sólo le demandará su arte de la persuasión de multitudes con verba inflamada sino la capacidad política de llevar adelante sus reformas en un contexto de debilidad partidaria como no se recuerda, por ser una estructura política de apenas dos años. Debe actuar rápido. Todo lo que no haga ya con el impulso electoral fresco, irá recibiendo los influjos de la kriptonita de un sistema acostumbrado a gastar y gastar y gastar y gastar.